lunes, 31 de agosto de 2009

ROXANA MIRANDA RUPAILAF: ABRIENDO LAS MANOS A LA POESÍA




Roxana (1982, Osorno) es una de las más interesantes y contundentes poetas mapuches (Y porque no decir también parte del deslumbrante y amplio panorama joven y mayor de Chile).

Ver en letras.s5.com , acá, más sobre esta brillante autora.


Y este otro poema, también, extraido de la entrevista que realizara
Ernesto González Barnert:




Yo, Pecadora

-

Confieso que le he robado el alma al corazón de Cristo,
que maté a una flor por la espalda
y le disparé a la cigüeña.
Confieso
que me comí todas las manzanas
y que suspiro tres veces
al encenderse la luna.
Que le mentí a la inocencia
y golpeé a la ternura.
Confieso que he deseado a mis prójimos
y que tengo pensamientos impuros
.. .. .. .. . con un santito.
Confieso que me vendí por dinero.
Que no soy yo
y que he pecado de pensamiento,
palabra y omisión
y confieso, que no me arrepiento.
-

Roxana Miranda Rupailaf

martes, 25 de agosto de 2009

Detrás de (la casa en) ruinas

23 de agosto de 2009

... CAÍDO


no hay total.
relumbra en el frontón la
impaciencia no suficiente.

corre el aire
ningún pájaro ni cirros
el cielo funde
la claridad aterida.

torres más altas han...


Víktor Gómez

lunes, 17 de agosto de 2009

martes, 11 de agosto de 2009

Impronta

Qué armazón suena como una tuba?

Traqueteas entre la columna
y la noche.

¿Alguien puede
cambiar la luz de diez mil estrellas por un vaso
de agua fría?

Qué desazón truena sobre una nube?


(10 de agosto)

sábado, 8 de agosto de 2009

ENRIQUE LIHN BAJO LA INSPIRACION DE LOS AEROLITOS

Enrique Lihn (Santiago, 3 de septiembre, 1929 - Santiago, 10 de
julio, 1988) uno de los poetas que tienen pendiente en España la
edición de sus obras completas y que tiene en su haber algunos
poemas irrenunciables de la mejor poesía latinoamericana.

Ahí va una muestra, por gentileza de elobos1 que en el 2007 lo
puso en la red.


Víktor Gómez







"PORQUE ESCRIBI"
ENRIQUE LIHN

Ahora que quizás, en un año de calma,
piense: la poesía me sirvió para esto:
no pude ser feliz, ello me fue negado,
pero escribí.

Escribí: fui la víctima
de la mendicidad y el orgullo mezclados
y ajusticié también a unos pocos lectores;
tendía la mano en puertas que nunca, nunca he visto;
una muchacha cayó, en otro mundo, a mis pies.

Pero escribí: tuve esta rara certeza,
la ilusión de tener el mundo entre las manos
-¡qué ilusión más perfecta! como un cristo barroco
con toda su crueldad innecesaria-.


Escribí, mi escritura fue como la maleza
de flores ácimas pero flores en fin,
el pan de cada día de las tierras eriazas:
una caparazón de espinas y raíces.
De la vida tomé todas estas palabras
como un niño oropel, guijarros junto al río:
las cosas de una magia, perfectamente inútiles
pero que siempre vuelven a renovar su encanto.

La especie de locura con que vuela un anciano
detrás de las palomas imitándolas
me fue dada en lugar de servir para algo.
Me condené escribiendo a que todos dudaran
de mi existencia real
(días de mi escritura, solar del extranjero).
Todos los que sirvieron y los que fueron servidos
digo que pasarán porque escribí
y hacerlo significa trabajar con la muerte
codo a codo, robarle unos cuantos secretos.

En su origen el río es una veta de agua
-allí, por un momento, siquiera, en esa altura-
luego, al final, un mar que nadie ve
de los que están braceándose la vida.
Porque escribí fui un odio vergonzante,
pero el mar forma parte de mi escritura misma:
línea de la rompiente en que un verso se espuma
yo puedo reiterar la poesía.

Estuve enfermo, sin lugar a dudas
y no sólo de insomnio,
también de ideas fijas que me hicieron leer
con obscena atención a unos cuantos psicólogos,
pero escribí y el crimen fue menor,
lo pagué verso a verso hasta escribirlo,

porque de la palabra que se ajusta al abismo
surge un poco de oscura inteligencia
y a esa luz muchos monstruos no son ajusticiados.

Porque escribí no estuve en casa del verdugo
ni me dejé llevar por el amor a Dios
ni acepté que los hombres fueran dioses
ni me hice desear como escribiente
ni la pobreza me pareció atroz
ni el poder una cosa deseable
ni me lavé ni me ensucié las manos
ni fueron vírgenes mis mejores amigas
ni tuve como amigo a un fariseo
ni a pesar de la cólera
quise desbaratar a mi enemigo.






Y gracias a
carrollera también podemos disfrutar de este otro poema.










LA DESPEDIDA


¿Y qué será, Nathalie, de nosotros. Tú en mi
memoria, yo en la tuya como esos pobres
amantes que mientras se buscaban
de una ciudad a otra, llegaron a morir
—complacencias del narrador omnividente, tristezas
de su ingenio— justo en la misma pieza
de un hotel miserable
pero en distintas épocas del año?
Absurdo todo pensamiento, toda memoria
prematura
y particularmente dudosa
cualquier lamentación en nuestro caso;
es por una deformación profesional que me permito
este falso aullido
ávido y cauteloso a un mismo tiempo. «Todo es
triste —me escribes— y confuso,
y yo quisiera olvidarlo todo». Pero te das incluso,
entre paréntesis
el lujo de cobrarme una pequeña deuda y la palabra
adiós se diría que suena
de un modo estrictamente razonable.
El amor no perdona a los que juegan con él. No
tenemos perdón del amor, Nathalie
a pesar de tu tono razonable
y este último zumbido de la ironía, atrapada en
sí misma,
como una cigarra por los niños.
El viento nos devuelve, a ti en Bonnieux
a mí en un París que a cada instante rompe, contra
toda expectativa,
sus vagas relaciones lluviosas con el sol,
el peso exacto de nuestras palabras de las que
hicimos un mal gasto al cambiarlas por
moneda liviana, pequeñísima,
y este negocio de vivir al día no era más que,
a lo lejos, una bonita fachada
con angustiados gitanos en la trastienda.
El viento al que jugamos Nathalie, mientras
soplaba del lado de lo real, en la Camargue,
nos devuelve
—extramuros de la memoria, allí donde el mar brilla
por su ausencia
y no hay modo de estar realmente desnudo—
palmerales roídos por la arena, el sibilino rumor
de una desolación con ecos
de voces agrias que se confunden con las nuestras.
Es la canción de los gitanos, forzados
a un nuevo exilio por los caminos de Provenza
bajo ese sol del viento que se ríe a mandíbula
batiente del verano y sus pequeños negocios.
Son historias, también tristemente confusas. La
diferencia está en que nosotros bajamos
desde el primer momento el diapasón de la nuestra;
sí, gente civilizada. . . guardando, claro está,
las debidas distancias
—mi desventaja, Nathalie— entre tu tribu y la mía.
Pero Lulú es testigo del Tarot; Lulú que parece
haber nacido bajo todos los signos
del zodíaco,
antes hada madrina que rigurosa vidente,
ella lo sabe todo a ciencia incierta, tu amiga.
Nada con los romanos y sus res gestae; el porvenir
se lee bajo la inspiración
de los aerolitos, en la mano misma;
entre griegos no hay líneas decisivas; una muerte que
dice, únicamente ella,
la última palabra de lo que un hombre fue; y el
temblor en las manos, Nathalie,
el brillo o la humedad en los ojos, el deseo.


domingo, 2 de agosto de 2009

Rosalía Linde "Rebeca"


*
*
*
A ratos la urticaria de tentáculos
especulaba sobre el pecho amable,
unas veces, gemía el cielo ritmos,
otras veces, tentaba el sol los techos.
La música sonaba sin parar,
las mujeres sudaban sus camisas,
y los hombres pedían otro trago.
A ratos, el olor de festival
restaba pestes sobre el tenedor
que insistía en pinchar a la cuchara
y el camarero fue a dar un saludo
al vicio feligrés que era caníbal
hasta que sus ojeras le asustaron
en la luna del bar que olía a cielo.
A ratos, de aquel tacto de los sexos,
sólo quedaban frías peripecias,
que firmaban facturas de lunáticos
de aquellos que se fueron del bar solos
y no hallaron la calle del consuelo.
A ratos, los tentáculos se abrían
luces fosforescentes eran paz,
aunque el alcohol ya hubiese hecho diezmos
de las defensas púberes en sangre
que luego vendería al jornalero
del tiempo y la vejez, compañas breves.
Una cabeza, útero de sol,
una mano, mirada tan audaz...
la piel, desenfocada por el flash...
A ratos, el océano tragaba
los diecisiete abriles de Rebeca
y su instante de gloria era humo,
alcohol y hormonas llenas de optimismo.
*
*
Rosalía Linde
*